Monday, January 18, 2016

El K-Pop más que un baile es una nueva forma de vida

Los fanáticos de los grupos surcoreanos tratan de imitar a sus cantantes mediante el baile, vestimenta y aspecto físico. Se agrupan y participan de eventos en los que compiten. Ser un K-Popero requiere de mucha destreza e interés para recrear un estilo propio. La mayoría de los padres apoya esta tendencia porque, aseguran, es una ocupación sana.

Al despertar, lo primero que aprecia en su habitación Nicol, una joven de 20 años, son los pósteres del grupo surcoreano SS501 y de su ídolo Jung Min.

Su cuarto está cubierto con fotografías de los jóvenes que han cambiado su forma de vida adolescente.

Desde que era una quinceañera, Niki, como la llaman sus amigas, sigue el fenómeno K-Pop (música popular coreana, por sus siglas en inglés), que está causando furor en grupos de adolescentes de varios países.

Su fanatismo comenzó al ver una novela surcoreana a sugerencia de una de sus amigas. Así conoció toda la tendencia K-Pop y empezó a indagar todos los detalles sobre ese “nuevo mundo”.

Para entonces ya existía en Cochabamba una de las tiendas más grandes de productos coreanos, Casa Corea, que provee a los jóvenes de todo el material K-Poper, desde novelas hasta ropa.

Niki fue adquiriendo poco a poco todo el material y convirtiéndose en una fanática de la tendencia.

Hace tres años aprendió a bailar viendo los videos de sus ídolos e imitando los pasos, tarea que le demora hasta un mes para perfeccionar una coreografía.

Las puertas de su casa se han abierto para los ensayos del grupo de baile Light Stick, del cual forma parte y es uno de los más conocidos de la ciudad por haber obtenido premios en competencias departamentales y nacionales.

En dos oportunidades, ella y siete chicas más del grupo fueron reconocidas por la embajada de Corea en Bolivia que también organiza este tipo de eventos.

Los papás de Niki son también parte de la familia K-Popera. La apoyan en todo y ayudan con la vestimenta y el maquillaje para cada una de sus presentaciones. Y es que en el mundo del K-Pop estos dos últimos aspectos son imprescindibles, tanto en chicas como chicos.

“Cuidamos mucho nuestra apariencia y tratamos de parecernos lo más que se pueda a nuestros ídolos en cada presentación”, afirma Niki, quién usa bbcreams y blanqueadores de rostro como las coreanas. También utiliza lápiz negro para dar el aspecto rasgado a sus ojos.

Cuando asiste a sus clases de Diseño Gráfico, carrera que cursa en la Escuela de Bellas Artes, lleva en su mochila llaveros con fotografías de sus ídolos. Éste es un distintivo clásico de las y los fanáticos de este fenómeno. Y más que por su ropa se los identifica por portar este accesorio siempre.

“Me gusta el K-Pop porque es multifacético. Bailo y me perfecciono en este arte, es algo sano, no está relacionado con fiestas ni bebidas, no hay nada de malicia en esto”, menciona.

Uno de los sueños que quiere cumplir es salir al exterior a participar de concursos. Para ello, su grupo promociona las coreografías que realizan en su fanpage y en Youtube, donde también esperan que sus ídolos las vean.

EL COSTO DEL K-POP

Ser K-Popero no es tarea fácil para adolescentes y jóvenes, pues su fanatismo y la conformación de un grupo tiene precio.

El dinero se invierte sobre todo en el alquiler de los lugares de ensayo, los trajes y su arreglo personal para cada presentación.

Kelly, una k-Popera de 21 años, quien también pertenece a Light Stick dice que gasta aproximadamente 200 bolivianos para cada evento.

“Como nosotros todavía dependemos de nuestros padres no es fácil conseguir el dinero, pero hacemos esfuerzos para ahorrar”, agrega.

Algunas veces las plazas se convierten en una alternativa para sus ensayos, debido a que pagar una hora de alquiler en un salón les cuesta 15 bolivianos por grupo.

Para aminorar gastos en la vestimenta, algunos optan por adecuar las prendas con las que ya cuentan al traje que quieren usar.

Pablo, de 24 años, es también uno de los más antiguos en el mundo K-Poper. A los 20 se inició en el baile y hace tres años conformó el grupo Dance Beats junto con siete jóvenes de entre 19 y 24 años.

Como grupo no solamente se desempeñan en el escenario, también han sido jurados de concursos en Cochabamba, Sucre y Tarija participando de una treintena de eventos.

Aunque Pablo no quiere dar detalles de los gastos que realiza, reconoce que ser K-Poper tiene un precio, sobre todo en el aspecto físico.

Él y sus compañeros se preocupan por estar delgados siempre y parecerse a sus ídolos lo más que puedan. Por ello también cuidan que su piel no tenga manchas y sea clara al igual que los varones coreanos que se preocupan por este aspecto.

En el caso de los chicos, es algo muy común teñirse el pelo de colores fuertes como el rojo, amarillo y anaranjado. Este proceso les puede costar hasta 200 bolivianos por evento. Algunos se pintan hasta dos veces, pues luego de su presentación vuelven al color natural de su pelo.

Pablo, por ejemplo, tiene el pelo oscuro y lo tiñe de color amarillo para parecerse a Hyunseung del grupo Best. El tinte lo deja solamente por unos días y vuelve a su color natural.

Algunos de sus compañeros de grupo prefieren dejar su pelo del color de su ídolo al que imitan. Dicen que poco a poco la sociedad se ha acostumbrado a la cultura K-Pop y saben que su aspecto es parte de un fanatismo sano.

“Mis papás me apoyan en todo. Bailo desde que era pequeño y ellos saben que me gusta hacerlo”, puntualiza.




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